domingo, 7 de julio de 2013

Éxodo

No voy a tratar de herirte,
de atarte a nuestro pasado;
mirarte es también asirte,
yo quiero soltar tu hado.

De piedras la senda elijo,
de sangre, sudor, espanto.
Clemencia al cielo no exijo,
me uno al dolor y al llanto.

La voz que al cuerpo se funde,
la piel que a la carne tapa,
rumor que al tiempo confunde,
tenor que el tiento no atrapa.

Pensar la muerte de un hombre,
creer la historia de un dios…

Sólo puedo escribirte un nombre,

sólo puedo decirte adiós.

sábado, 29 de junio de 2013

H. XVI

(16)

Esa inmunda costumbre
de pegar los pelos como madejas
sobre los azulejos de la ducha.
Cuando me meto sin lentes
son arañas inmóviles
que entretejen el agua que cae

desde mis pechos hasta mi pubis,
áspera se me hace. 

No me gusta

que me miren mientras me baño.

domingo, 16 de junio de 2013

Tempestad

Detrás del vidrio se entroniza el gris,
en una superposición de formas de cemento,
de humedad que chorrea y se hincha,
de grietas que enmudecen y agudizan.

El verde más verde se mueve y se moja,
siente el frío temblor de las hojas
 y narra
entre las ramas
impulsos de manos, pechos blandos y encrucijadas.

En volátil sedición, destiñéndose
las nubes se evaporan desiguales,
ultrajadas, proteicas, desmembradas

—más profundas son las líneas
cuando están desdibujadas—
y suman manchas más grises,
más lilas, más blancas
para enterrarse en el cielo.

La calma sin combate se adueñó del tiempo,
presumo un suicidio de pájaros y ecos.

Estarse vacía

Se me van los recuerdos de ese suelo
y con ellos
un poco me voy,
un poco me pierdo.
Y quizás
yo tampoco quiero
perderme de a poco en este tiempo.

Primero fueron los olores.
Aquel perfume dulce y viejo
que moraba en un tapón
de frasco sin cuerpo.
El olor de la tierra y de los troncos,
de las flores del jardín de casa,
el olor de mi cuarto, de mi cama.
No hay olores de toda esa pequeña infancia.

Tampoco junto las piezas del barrio donde vivía,
el dóberman de la vuelta, los gatos de la vecina.
Había extremos y aridez en las aristas
tierra y cemento helado, ñires
barbados, lejos,
y mucha sal en el viento —ese sabor sí que había.

Se me van los recuerdos,
qué ironía,
tanto quise que se fueran
y hoy me extraña
como si pesara la ausencia
este estarse vacía.

Con la barcaza se aleja,
mi niñez de isla.


H. XV

(15)

No hay pureza, mi reina, todo es lujuria,
que es como la locura, casi tan destructiva
como el odio, casi tan inofensiva
como la paz. Casi tan como todo:
un poco de esto y un poco de lo otro.

It’s a plan(t)

La necesidad de aumentar
(tan de moda)
la presente invención
de que satisfacer (se/nos/los)
se reduce al cultivo de unas plantas,
combinación química (im)productiva
entre seres humanos y animales
con fertilizantes y pesticidas.

***

Nos tragamos todas estas flores
de semillas híbridas de primera cantidad
(quality is bringing down)
y aumentamos, crecemos, alzamos,
dilatamos, expandimos, logramos
mayor densidad,
incluso que las plantas,
sin superar
(nos)
para seguir acá,
plantados.

lunes, 3 de junio de 2013

La casa 43


Nuestra casa bailaba con el viento, juro que es cierto. Se balanceaba a su ritmo, hipnotizada, aunque fuera una casa y tuviera tantas cosas adentro. Era atemorizante ver cómo se doblaba todo lo que el viento quisiera, casi llegaba al suelo y se levantaba, pero no estaba sola, las otras casas también bailaban. Todas unidas, como estaban, por las paredes de madera de los costados en las que no había ventanas, formaban un largo rosario de casas, un “Intevu”, decían los planos de urbanización de la ciudad. “Intevu 12 A” se llamaba mi manzana y “43” era el número de mi casa.

Desde adentro, parada justo en el centro del living, veía yo cómo se movían las paredes, primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda, por un ápice sin despegarse del suelo y sin poner resistencia. Los muebles, atónitos, hacían esfuerzo por no moverse mientras su espalda perdía el apoyo, y el viento, que rugía tras las ventanas, las hacía vibrar, las llenaba de arena, lograba con cada nuevo arrebato meter sus dedos unos centímetros más adentro para revolucionarlo todo.

No puede ser, dirán los incrédulos, pero con las casas de los Intevus es así: paredes leves y delgadas, era normal que el viento las sublevara. Y la delgadez era tal, que recuerdo haber labrado un agujero en una de las paredes de mi pieza, así nomás, con un dedo. Un agujero justo a la altura de mi cama, donde yo ponía la cabeza bien cerquita del rincón. Todas las noches, hablábamos con Jose, mi vecina, por el agujerito, que de tanto toqueteo, saliva y hálito, estaba cada vez más deslucido. Jose dormía también en una cucheta, pero con tres hermanas más que siempre estaban llorando, riendo y gritando. Yo tenía una sola hermana y así estaba bien, si hubiera tenido más, habríamos tenido que poner otra cama frente a la nuestra, y entonces no se hubieran visto los conejos, los árboles y las mariposas que mamá había pintado con tanto esmero, y tampoco hubiésemos podido tener el baúl de los juguetes de ese lado, ni el perchero, ni la sillita roja y la mesita que papá había traído de Punta Arenas. No, no más hermanas en esta casa, le decía a Pipo, mi perro, y lo acercaba al agujerito para que saludara a Jose.

Los días en los que el viento abría por entero sus fauces era imposible salir, como cuando nevaba. Entonces yo me paraba en la sillita roja para mirar por la ventana rectangular que daba al descanso de la escalera, justo enfrente de mi pieza. Desde ahí veía el patio trasero de mi casa, que era el patio de todos, de todas las casas: una especie de plaza interna cruzada por caminos de cemento y tierra, sin plantas, sin bancos, sin vida. Veía todo el barrio cuadrado, ordenado, apaisado, como en una pintura de Cándido; un barrio que se prolongaba y se fundía, que se borraba, porque la arena era también parte del viento y barría con él todos los contornos, todas las distancias. Y parada así, como estaba, me hubiese gustado que el viento soplara con tanta rabia que desprendiera la casa conmigo, Pipo, papá, mamá y hermana adentro, y volara así hacia otro lado, quizás no hasta Kansas, pero lejos, muy lejos de todos esos kilómetros de costa y agua, de cielos grafito, de isla helada. Lejos hasta una chacra rodeada de álamos, con flores y frutas y parras.





Desierta

Primera gota que engorda y se desprende


rueda en el vidrio


del llanto se hace eco.


Se acerca al borde


resiste, pende, atina  


--alcanza 


a unir su forma a la llovizna.


La pena horada y la gota


ya fundida


consigue oír mi desear


y me salpica.


La piel impregna y resurge del abismo


la luz, la paz, la risa

aunque tal vez


sea solo un espejismo*.

* Este último verso se tomó del poema Ella de Oliverio Girondo.

sábado, 1 de junio de 2013

Del nombre al hombre II

Euforbo es troyano. Guerrero también aunque de menor talla, se le atribuye apenas una herida en el joven Patroclo. Carece de experiencia y es un poco inseguro; hasta que se enroló en las filas troyanas no sabía muy bien a qué dedicarse, si a guía de turismo o jardinero (en cualquiera de las dos le habría ido mejor). Su nombre, aunque comienza bien, solo crea confusión. Incluso ante Menelao, cerca del fin, disputa consigo mismo: ¡Oh, muero!... ¿o vivo? ¿Qué harán los dioses conmigo, o soy yo el que decido?

Del nombre al hombre I

Pirro es aqueo. Su verdadero nombre es Neoptólemo, joven guerrero, pero la mitología se obstina en llamarlo Pirro, haciendo de esta bella cualidad de mujer griega, un epíteto masculino: Pirro-Neoptólemo, Neoptólemo-Pirro, el que se arrebola con facilidad.
Algo se cuenta de sus hazañas en la Ilión que vio consumirse bajo las llamas, de las armas de Heracles que esgrimió en su embajada y de las vidas que precipitó al Escamandro: Eurípilo, Élaso, Astínoo y el pequeño Astianacte. Menos se dice, por supuesto, de la danza que, fiel a su nombre y para orgullo de su progenitor, inventó en pleno júbilo bélico: la danza de guerra o danza pírrica, en fin, la danza del rubio… ¡Qué pirro este Pirro!

Dos guerreros

Antes de la falange, un hoplita que fue aqueo,


danzante dorado bajo su yelmo, oyó


clamar su nombre.


Detrás de las murallas, un teucro lacedemonio


dispuso con virtud mezquina


la lanza para Patroclo.


Dos guerreros desiguales, enemigos


por el néctar, baten;


lidia divina, cifra que esconde


sus armas, sus fines, sus dotes.


Y uno fue hijo y padre combatiendo,


aguerrido, colérico, tenaz, inquieto;


otro fue carne para un hombre de otro tiempo,


disgregado, fugaz, leve, modesto.


Un mirmidón, un troyano: dos griegos,


que en aras de la gloria fueron uno


y fueron cientos.

Acaso absoluto

La siesta abdica sus tierras a la noche,
se elevan sombras que ayer eran más finas.
Durante julio las luces son esquivas
y de la plaza la ausencia se apodera.

Veo que todo a la quietud cede favores:
los pasos, los tintes, los rumores;
y leves ramas de pinos y de ceibos
funden también su cuerpo a la penumbra.

No cabe más silencio en las esquinas,
profunda y densa es la calma, ­no se altera­,
bate sus alas La Forma y se aproxima,
a los que sueñan misterios les revela.

Inquieta me alejo de la cama,
algo aparece, escucho que se mueve,
anda despacio, se esconde tras un mueble,
advierto, ­alivio consecuente,­
que es pequeño, que llora y que me teme.

Consiento tres pasos tras su sombra,
detengo la vista en sus cabellos,
sus hombros a otros se parecen,
sus manos repiten otras líneas.

Resiste mi presencia, huir intenta,
no encuentra su rincón, se paraliza,
de espaldas le descubro en la negrura:
mi otro yo abatido se derrumba.

martes, 28 de mayo de 2013

H. XIV

(14)

“Si los prismas se pierden, se pierde la vista.
No ver es, se sabe, la condena divina; mas
he
caído en la noche
y los dioses están
más ausentes que nunca”.
                                  (del diario de La cieguita)

Mandala

Pintar la flor antes de la curva.
La flor, la curva.
Una curva es una vuelta
una esquina es una curva.
En una esquina te encontré
—en esa vuelta curva del tiempo—
 fui la flor

y vos la curva.

viernes, 24 de mayo de 2013

Queyo

Yo
que siempre pienso que soy de hierro,
sufro heridas
que sangran herrumbre que no detengo,
siento cortes
que oxidan sangre que sé que pierdo.

En constante retorno

Vuelvo a los sueños eternos de los veranos,
al cálido roce de las colchas rojas
sobre el piso helado.
Vuelvo a tomar la leche de las botellas,
a comer macitas de latas negras.
Entre la lluvia nadan unas memorias
y en una gota cabe todo el universo,
en una gota que me trago,
cuando cierro los ojos y adormezco el pecho.

Las baldosas bajo mis pies diminutos
son rojas —mis zapatos, negros.
A veces no sé si es cierto lo que veo,
las imágenes se funden con los hechos.
Sólo sé que vuelvo como un pájaro,
me extravío en los silencios.
Vuelvo al centro de la ausencia
y me construyo con ecos.

jueves, 23 de mayo de 2013

H. XIII

(13)

La manzana rodó sobre la mesa,
cegó a todos con su brillo y envenenó
corazones con su mensaje.
La más hermosa nunca lo supo,
arrebatada por un amor siniestro,
mordió los labios del muchacho
e hizo caer un reino.

H. XII

(12)

Relleno, todo esto es el relleno.
Revuelve acelga y arroz, algo de fiambre,
aceite, queso y cinco huevos.
Pone la mezcla en la masa,
que va al fuego.
Mira hacia fuera, en las casas, la ciudad,
todo relleno.
En el baño, vacío, vomita de nuevo.

H. XI

(11)

Piedra, piedra, piedra, pieDRA… SALta la rana hasta la orilla.
          El estanque
 se llena de ojos,
               es de noche y hay pereza.

Piedra, piedra, dientes, agua, TAC, sangre,
también hay hambre.

martes, 21 de mayo de 2013

Marcas


Marcas. Todo lo que pasa en esta tierra deja marcas. El arado en el campo su surco traza; la lluvia en la flor que nace, en la hoja que pinta, en la pared que mancha. El sol en las pecas de esa piel tan blanca, y la tristeza y la sombra en el alma, y el llanto en los ojos, y el tiempo en el cuerpo y en la mirada; y mi sangre en la ruta, como el agua, arando el asfalto, marcando el fin,                                                                           
                l  a    n  a  d  a.

domingo, 19 de mayo de 2013

Abucólica

Sin puerto, sin barco,
sin toda figura que pueda llevar
al mar.
Sin techo, sin escalera,
sin toda la sombra que encierra
la ciudad.
Sin muros, sin árboles,
sin el peso del cemento,
susurro de tumba.


Pacer se ha vuelto una acción incierta.

H. X

(10)


Ataca el Arte. Con su impronta
lo hiere en las costillas.
Presto a caer
(no teme, hay otra orilla),
avista caballo
y caballero en el mismo talle.


Alcanza a poner el punto antes del trance.

H. IX


(9)

“Ante la duda, minúscula”, había oído una vez.
Y así iba por la vida, minimizándose ante todos, cortando sus alas cuando crecían, y expresándose solo con monosílabos.



H. VIII


(8)

Romero para recordar, dijo la joven,
y trepó a la rama para caer al río que la haría olvidar.

viernes, 17 de mayo de 2013

H. VII

(7)

Gabriel entregó el mensaje a tiempo. Se presentó en la entrada, hizo la reverencia, dijo las palabras justas y salió al patio a fumarse un cigarrillo. 
Menudo anuncio —pensó— con esto me tienen que dar el ascenso.

H. VI


(6)

Sale del 59,
obscena
hasta los huesos,
siempre en la misma calle.
Sabe que nunca va a casarse,
pero repuja glandes perfectamente
y consigue al menos un loft.

H. V


(5)

—¿Qué implicancias tendrá este día en la historia de este reino, hija mía?— Ana sostenía a Isabel, lloraba y rogaba que al abrir los ojos fuese un varón.

H. IV


(4)

La miró al dejar el cuchillo, rojo el piso,
vaho de alcohol.
Dijo que todo estaba listo,
que cortara el pan y se sentara.
Mañana compraría otro vino.

H. III


(3)

El agua moviéndose debajo
lo mareó de inmediato.
¡Esa bendita idea de mi padre de hacer milagros!
Del barco gritaban: "¡es un espectro!"
y aún le faltaba medio mar.

H. II


(2)

Kalimba, cultrún, ¡shhh!… cuerno.
Hace música el muchacho,
ahora un rasgueo.
Desquiciada la vecina
corta
el genio: #¿!&@!
¡Silencio!
Nace así 4'33" de un John Cage.

H. I


(1)

Cabalga alunada a pleno sol
(manceba la yegua, pero no mansa)
descubre el cuchillo y se abalanza,
con infortunio para el colono que la compró.


Antes de saber


Antes de saber, siente
desde la nariz, hueso-cuchara,
desde el túnel oscuro de tierra que lleva adentro.
Antes de saber a menta, a miel, a fruta,
a tardes de torta y café que espía,
a noches de pasta y vino con uvas,
busca en el aroma el color de lo que traga, de lo que nutre,
de lo que afana.
Hay aromas que ya no existen y otros
que desconoce, y sabores que se perdieron,
ahora solo quedan olores.
Entonces busca, en el olor, la imagen de lo que fue
tibio, crujiente, esponjoso, fresco,
con mano de niño que, como hombre, anda
con hambre interminable y tripas de lata.
Hay en la comida un ápice de dicha,
vida que se engulle, fuego que se inflama,
carne que se entibia y un fragor, que se apaga.
Antes de sorber
con gula, la saliva inquieta encerrando un bolo
como trufa, como caviar, pero que es pan
(pan duro de la mesa de un bar)
sabe
que eso es lo último que comerá.

Muda


La niña junta los granos mientras baja la escalera. Ha trepado el muro y, caminando por la cornisa, ha llegado al techo. Techo, techo, techo, alcanza la esquina y ahora desciende hacia otro patio. La vecina la mira desde la ventana, es la siesta y no tiene ganas de gritarle que se vaya.
La niña sigue bajando, se arrodilla, junta, guarda. Los granos se funden todos en sus bolsillos, marrón pardo y atigrado que se mueve, que se estira, toma forma y se arrebata. Más granos y más grande se torna el cuerpo, molesta en el bolsillo que es ahora una jaula; se estira la niña y otro grano se esconde bajo una garra. Asombrada mira su brazo, de niña a fiera se cambia. Se encoge sobre sí misma hasta alcanzar el piso y camina, lenta, sensual, mortal sobre sus cuatro patas. La vecina advierte el fenómeno. Se asusta. Quiere gritar y emite un gemido, quiere correr y se queda inmóvil. El tigre la mira desde el rellano, baja los últimos peldaños y se acerca a la puerta. No ruge, no amenaza. Se inclina hacia adelante y en una mueca, que es más de dolor que de asco, vomita un vestido pequeño y cientos de granos de café, y se marcha.

jueves, 16 de mayo de 2013

Riesgo

Andar no es fácil —pero desandar.

Volver la vista hacia lo que no está,
esperar que te digan que aun te quieren
y llorar de nuevo y perder la paz.

Andar no es fácil —pero desandar.

Cerrar la puerta con la luz atrás,
no ver la costa y odiar el mar,
y sentir de nuevo tanta soledad.

Andar no es fácil —pero desandar.

Buscar los años que se vivieron,
regar las flores de los que fueron
y ansiar el vientre de nuevo.

Contra todo

Controlar todo
lo que dice
lo que hace
lo que viene y no se va
lo que duele
lo que ríe
lo que está y lo que será.
Controlar con la mirada, con las manos, con la boca,
controlar lo que provoca, lo que rige, lo que llama.
Controlar lo que se rompe, lo que sangra, lo que espera,
controlar con voz austera, con rigor, con alabanzas.
Controlar lo que lo alcanza, lo que escapa a las alianzas.
Controlar lo no pensado, lo que pesa en la conciencia,
lo que arde
lo que muere
lo que tira y lo que caza.
Prepotente, delirante, soberbio, harto de ganas,
controla
lo que no ve, lo que quiere que le hagan,
y así
no hace más
que descontrol
Pensar que sí, que controlaba.