jueves, 14 de noviembre de 2013

Canto

El viento hace temblar los destellos de las hojas
—remansos de una magia antigua
se destiñen con la lluvia —tan esperada.

El agua enturbia la esencia
de los árboles,
arrastra la memoria a los abismos.

Las antípodas se derrumban,
desaparecen los enlaces
—bisagras ocultas—

la tierra dista tanto del cielo

y las huellas susurran
desde todos los huecos
de la barda
—cierro los ojos, siento
las fricciones del tiempo.

La luna se aferra a lo eterno

y esmerila sus bordes con el viento.

Profecía

¿Sabré esperar el sueño
aferrada a la corteza del espacio
bebiendo tiempo?

Así
cristalizándome
como el agua
¿sabré dormir el cuerpo?

El roce
del viento que se escapa
—haber de sentir que estoy durmiendo—
dejará en la punta de mis alas
su beso seco.

Así
estremeciéndome
como estas ramas
—soñando cielo—

¿sabré escuchar los mantras
           tren-
       -zán
           -do
-se
con mis huesos?

lunes, 11 de noviembre de 2013

Desterrados

Un momento que parecía irrepetible
embriaga el estómago con su vaivén.

No podemos esperar un giro
una migración
la estación señalada.

No somos
como creímos
golondrinas.


Picture

Cajita con música y una foto.
Cajita de recuerdo
—de recuerdo roto—
música de unos dedos
—dedos de otro—
y foto que no retiene

mi rostro junto a tu rostro.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El beso

La mirada en los ojos
en los labios
en los ojos
la distancia que se pierde
se inhala
y el temblor

piel mojada que presiona hasta la renuncia.

Nada importa. Todo sobra.
En tus labios el mundo se hace de agua
y por primera vez ahogarme
me encanta.

Núcleo

El cuerpo blanco
el meollo
en la rodilla tajeada
en la frutilla que muerdo
—ardor en el cuerpo blanco—
el dolor tiene la intensidad del brote
y emerge todo entero.

La base
el núcleo
nada de corteza
nada de máscara
superficie cero.

Era profundo el corte
Wandering Star sonaba—
and eat you all strawberry mine
con vino, hierba
—sola en la herida
me siento entera.


jueves, 24 de octubre de 2013

Horizonte

Bicicleta y pedaleo
veo pasar la piedra
toda cortada en figuritas,
veo el cemento y las baldosas,
la tierra bajo mis ruedas
de triciclo
pedaleo
y me alejo porque no quiero
pero quiero
llegar al campo, rascar el cielo.
Perderme
entre los maíces
que grises se van poniendo
y entre semillas
y tallos —tumbas,
trigo, puentes, bayos
punzar el horizonte
muy lejos
muy alto
y en un punto
desbordado    nubloso    extremo
quedarme porque me siento
muy afuera
y muy adentro.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ay

dos hermanas en el espacio.
Chiquitas se ven por la mañana,
gigantes son
iguales
por la tarde.
Un ombligo las desune
y ya de noche
se miran de reojo
como si nadie
como si todos
estuvieran también entre sus ojos.

Hay dos hermanas que no saben
la distancia
que sufre el corazón cuando se matan
y consienten las espinas
y los años se los llenan
de piedritas,
se convierten un poco cada día
en la nube de sus cielos
y en la flor de sus tumbitas.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Tarde

Tatung pone el mate sobre la mesa,
lleno de yerba suave hasta la mitad;
la miro entrar por quinta vez a la cocina
y volver con la pava y el repasador de las frutitas.
Sabe que no me gusta que me hablen cuando leo,
y yo sé que le gusta hablarme mientras ceba.
Dejo los libros
y también subo las piernas a la mesa.

Nos miramos antes de entrar en las palabras
como si volviéramos otra vez a ser dos niñas,
bajo el árbol de casa,
planeando construirnos otra vida.

—Las llaves estaban sobre la mesa del living
y estaba durmiendo en el escritorio.
—¿Te dijo algo cuando se levantó?
—Seguía durmiendo cuando me vine.
—…

Nos miramos de nuevo como mujeres,
el agua ayerbada entre la saliva,
amarga, caliente, anodina.

—Me tengo que depilar.
—Sí, yo también.
—Qué al pedo, ¿no?

Planeamos construirnos otra vida.

sábado, 31 de agosto de 2013

H. XXI

(21)

La verdad rasga las telas de Camila.
Esto de la costura no es para ella.
Detrás del vidrio se ve la lluvia,
bajo la lluvia, el mundo,
la tierra viva.
Camila suelta los hilos y sale a la calle.
El agua también cae sobre ella
que deja
sobre otras bolsas en la vereda
un vestido a medio coser que no le entra.

Sola

Hoy no quiero escucharte
—nada de sonidos para mí.
Dejame en el silencio
en el que puedo hundirme como en la oscuridad,
dejame sola.

Hoy no quiero sentirte
—no me toques, no me mires.
Dejame en este enjambre de recuerdos
en el vacío
llena de viento que me enturbia y que me limpia
llena de arena, llena de ripio.

martes, 6 de agosto de 2013

Narrar no es lo mío

No sé 
por qué fuerzo 
el equilibrio
de esta prosa que esforzada
se me escapa,
que no puedo contar como en los versos
las cosas que mi mente sola abarca.

Que no puedo me digo 
y lo repito:
no es lo mismo narrarte este mosaico
de hielo y piedra
de engendrado rencor
tan solitario, 
que plasmártelo asonante en una rima
                                                                 la suelto y


salto

con todos los tonos de las sílabas
y todo el sabor de lo que trago.

Se me quedan las palabras
enredadas
en los diálogos que suenan tan vacíos
y los hechos
los rostros
los detalles
en la descripción se pierden que es un fiasco.

No funciona mi virtud sin la poesía.

H. XX

(20)

Pri, de primero,
con P de poder,
con P de pasión,
con P de pelear,
de parir, de prestar, de pedir, de pensar, de pintar, de pulir, de podrir, de palear, de punto
final.

domingo, 4 de agosto de 2013

Pacul

Cada vez que se muere es como la primera vez, igual de aterradora, igual de desesperante, igual de mortal. El instinto le indica todas las veces lo que tiene que hacer, pero sus esfuerzos no son suficientes, tiene que morir.
Las imágenes de la primera muerte son confusas, discontinuas y tienen música. El comienzo está en el garaje de la casa de sus abuelos. El cuadro completo los muestra a ellos y a la tía Pilar despidiéndolos con las manos, a su madre arrancando el auto mientras le pregunta si quiere otro helado y a él mirando cómo atraviesan el jardín hacia la calle 62. Entonces el cuadro cambia y ahora sólo están él, su madre y Elvis cantando por la 62. La tarde aún tiene sol para dos horas, pero el viaje nunca dura más de cuarenta minutos. Su madre y Elvis hacen un dúo perfecto, él los acompaña de a ratos. Le gusta más escucharlos mientras mira a su madre, que cada vez está más linda, cada vez canta mejor, cada vez la quiere más.
Quizás, si la hubiera mirado menos, habría visto al conejo cruzar la ruta o al pájaro volando hacia el parabrisas, pero todas las veces sólo la mira a ella y todo se hace agua muy rápido, agua y algas y mamá apresada en el asiento con la cabeza partida al medio. Mamá y sangre, mamá y miedo. Él trata de sacarla, pero su cinturón no cede; trata de despertarla, pero no puede; trata de respirar, pero no quiere. Entonces, nada. Sus brazos se alzan para empujar el agua con toda la fuerza de la que es capaz un niño de siete años, pero sólo hace burbujas que mueven las algas y la tierra que borra a mamá antes de que él pueda alcanzar el aire, la superficie, la gente, la vida. Mamá reaparece entre el cansancio, lo besa con esos labios que tanto le gustan, lo abraza, lo aprieta fuerte contra ese cuerpo ahogado como su cuerpo.
La segunda muerte también llega en auto, que no es ni rojo ni convertible. Es el Taunus celeste de su hermano. Esta vez, el que conduce es él, mientras su hermano le alcanza la quinta cerveza de la tarde. Anochece y van hacia el mirador del este para encontrarse con los pibes. Suena el lado B del casete, raja el aire la guitarra de Eddie Van Halen. Aprieta el acelerador, la música lo pide, su hermano lo pide golpeando el tablero. Y entonces sucede, la lata se le cae y le moja la pierna derecha, pisa mal el acelerador justo cuando su hermano enloquece y saca medio cuerpo por la ventanilla. Pierden el control sobre la curva que delinea el precipicio. No hay tiempo, no hay margen, y la tierra como el agua se hace aire, y tierra de nuevo, y luego fuego.

Esta muerte es rápida, llega de golpe, como esa ráfaga de viento que deshojó los árboles del otro lado de las rejas. Ya la conoce, la sintió otras veces: irreversible, certera, mezquina. Esta madrugada, sin embargo, viene más negra que nunca. Le horada la culpa, le escupe recuerdos, le enquista los miembros, le eriza la piel, y en el núcleo del miedo, le susurra, severa: “mañana te juzgan y vuelvo por vos”.

sábado, 3 de agosto de 2013

H. XIX

(19)

Extenuada se tira al mar.
Salpica diarios, ensayos,
críticas literarias. Se hunde
en uno de sus pozos,
como un cuadrado blanco,
como un mito,
entra al canon.

H. XVIII

(18)

La espera no es más que tregua,
no la desalienta esperar,
no la esperanza.
El riesgo de un destrozo más
la retiene y la espanta.
Tendré que esperar, se dice,
y se repara.

H. XVII

(17)

Parece comenzar todo con púdico cuidado,
pudiendo acceder al hado, pudiendo romper
los bordes, pudiendo rasgar los velos
(insta la mano, pobre, puño cerrado).

Parece impedir la letra,
el rumbo del canto que deja ralo,
se exige seguir la recta y un círculo traza su paso.
Parece ser que no es:
audaz, hacedor innato, renuente al deseo es
uno más entre otros tantos.

domingo, 7 de julio de 2013

Éxodo

No voy a tratar de herirte,
de atarte a nuestro pasado;
mirarte es también asirte,
yo quiero soltar tu hado.

De piedras la senda elijo,
de sangre, sudor, espanto.
Clemencia al cielo no exijo,
me uno al dolor y al llanto.

La voz que al cuerpo se funde,
la piel que a la carne tapa,
rumor que al tiempo confunde,
tenor que el tiento no atrapa.

Pensar la muerte de un hombre,
creer la historia de un dios…

Sólo puedo escribirte un nombre,

sólo puedo decirte adiós.

sábado, 29 de junio de 2013

H. XVI

(16)

Esa inmunda costumbre
de pegar los pelos como madejas
sobre los azulejos de la ducha.
Cuando me meto sin lentes
son arañas inmóviles
que entretejen el agua que cae

desde mis pechos hasta mi pubis,
áspera se me hace. 

No me gusta

que me miren mientras me baño.

domingo, 16 de junio de 2013

Tempestad

Detrás del vidrio se entroniza el gris,
en una superposición de formas de cemento,
de humedad que chorrea y se hincha,
de grietas que enmudecen y agudizan.

El verde más verde se mueve y se moja,
siente el frío temblor de las hojas
 y narra
entre las ramas
impulsos de manos, pechos blandos y encrucijadas.

En volátil sedición, destiñéndose
las nubes se evaporan desiguales,
ultrajadas, proteicas, desmembradas

—más profundas son las líneas
cuando están desdibujadas—
y suman manchas más grises,
más lilas, más blancas
para enterrarse en el cielo.

La calma sin combate se adueñó del tiempo,
presumo un suicidio de pájaros y ecos.

Estarse vacía

Se me van los recuerdos de ese suelo
y con ellos
un poco me voy,
un poco me pierdo.
Y quizás
yo tampoco quiero
perderme de a poco en este tiempo.

Primero fueron los olores.
Aquel perfume dulce y viejo
que moraba en un tapón
de frasco sin cuerpo.
El olor de la tierra y de los troncos,
de las flores del jardín de casa,
el olor de mi cuarto, de mi cama.
No hay olores de toda esa pequeña infancia.

Tampoco junto las piezas del barrio donde vivía,
el dóberman de la vuelta, los gatos de la vecina.
Había extremos y aridez en las aristas
tierra y cemento helado, ñires
barbados, lejos,
y mucha sal en el viento —ese sabor sí que había.

Se me van los recuerdos,
qué ironía,
tanto quise que se fueran
y hoy me extraña
como si pesara la ausencia
este estarse vacía.

Con la barcaza se aleja,
mi niñez de isla.