sábado, 29 de junio de 2013

H. XVI

(16)

Esa inmunda costumbre
de pegar los pelos como madejas
sobre los azulejos de la ducha.
Cuando me meto sin lentes
son arañas inmóviles
que entretejen el agua que cae

desde mis pechos hasta mi pubis,
áspera se me hace. 

No me gusta

que me miren mientras me baño.

domingo, 16 de junio de 2013

Tempestad

Detrás del vidrio se entroniza el gris,
en una superposición de formas de cemento,
de humedad que chorrea y se hincha,
de grietas que enmudecen y agudizan.

El verde más verde se mueve y se moja,
siente el frío temblor de las hojas
 y narra
entre las ramas
impulsos de manos, pechos blandos y encrucijadas.

En volátil sedición, destiñéndose
las nubes se evaporan desiguales,
ultrajadas, proteicas, desmembradas

—más profundas son las líneas
cuando están desdibujadas—
y suman manchas más grises,
más lilas, más blancas
para enterrarse en el cielo.

La calma sin combate se adueñó del tiempo,
presumo un suicidio de pájaros y ecos.

Estarse vacía

Se me van los recuerdos de ese suelo
y con ellos
un poco me voy,
un poco me pierdo.
Y quizás
yo tampoco quiero
perderme de a poco en este tiempo.

Primero fueron los olores.
Aquel perfume dulce y viejo
que moraba en un tapón
de frasco sin cuerpo.
El olor de la tierra y de los troncos,
de las flores del jardín de casa,
el olor de mi cuarto, de mi cama.
No hay olores de toda esa pequeña infancia.

Tampoco junto las piezas del barrio donde vivía,
el dóberman de la vuelta, los gatos de la vecina.
Había extremos y aridez en las aristas
tierra y cemento helado, ñires
barbados, lejos,
y mucha sal en el viento —ese sabor sí que había.

Se me van los recuerdos,
qué ironía,
tanto quise que se fueran
y hoy me extraña
como si pesara la ausencia
este estarse vacía.

Con la barcaza se aleja,
mi niñez de isla.


H. XV

(15)

No hay pureza, mi reina, todo es lujuria,
que es como la locura, casi tan destructiva
como el odio, casi tan inofensiva
como la paz. Casi tan como todo:
un poco de esto y un poco de lo otro.

It’s a plan(t)

La necesidad de aumentar
(tan de moda)
la presente invención
de que satisfacer (se/nos/los)
se reduce al cultivo de unas plantas,
combinación química (im)productiva
entre seres humanos y animales
con fertilizantes y pesticidas.

***

Nos tragamos todas estas flores
de semillas híbridas de primera cantidad
(quality is bringing down)
y aumentamos, crecemos, alzamos,
dilatamos, expandimos, logramos
mayor densidad,
incluso que las plantas,
sin superar
(nos)
para seguir acá,
plantados.

lunes, 3 de junio de 2013

La casa 43


Nuestra casa bailaba con el viento, juro que es cierto. Se balanceaba a su ritmo, hipnotizada, aunque fuera una casa y tuviera tantas cosas adentro. Era atemorizante ver cómo se doblaba todo lo que el viento quisiera, casi llegaba al suelo y se levantaba, pero no estaba sola, las otras casas también bailaban. Todas unidas, como estaban, por las paredes de madera de los costados en las que no había ventanas, formaban un largo rosario de casas, un “Intevu”, decían los planos de urbanización de la ciudad. “Intevu 12 A” se llamaba mi manzana y “43” era el número de mi casa.

Desde adentro, parada justo en el centro del living, veía yo cómo se movían las paredes, primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda, por un ápice sin despegarse del suelo y sin poner resistencia. Los muebles, atónitos, hacían esfuerzo por no moverse mientras su espalda perdía el apoyo, y el viento, que rugía tras las ventanas, las hacía vibrar, las llenaba de arena, lograba con cada nuevo arrebato meter sus dedos unos centímetros más adentro para revolucionarlo todo.

No puede ser, dirán los incrédulos, pero con las casas de los Intevus es así: paredes leves y delgadas, era normal que el viento las sublevara. Y la delgadez era tal, que recuerdo haber labrado un agujero en una de las paredes de mi pieza, así nomás, con un dedo. Un agujero justo a la altura de mi cama, donde yo ponía la cabeza bien cerquita del rincón. Todas las noches, hablábamos con Jose, mi vecina, por el agujerito, que de tanto toqueteo, saliva y hálito, estaba cada vez más deslucido. Jose dormía también en una cucheta, pero con tres hermanas más que siempre estaban llorando, riendo y gritando. Yo tenía una sola hermana y así estaba bien, si hubiera tenido más, habríamos tenido que poner otra cama frente a la nuestra, y entonces no se hubieran visto los conejos, los árboles y las mariposas que mamá había pintado con tanto esmero, y tampoco hubiésemos podido tener el baúl de los juguetes de ese lado, ni el perchero, ni la sillita roja y la mesita que papá había traído de Punta Arenas. No, no más hermanas en esta casa, le decía a Pipo, mi perro, y lo acercaba al agujerito para que saludara a Jose.

Los días en los que el viento abría por entero sus fauces era imposible salir, como cuando nevaba. Entonces yo me paraba en la sillita roja para mirar por la ventana rectangular que daba al descanso de la escalera, justo enfrente de mi pieza. Desde ahí veía el patio trasero de mi casa, que era el patio de todos, de todas las casas: una especie de plaza interna cruzada por caminos de cemento y tierra, sin plantas, sin bancos, sin vida. Veía todo el barrio cuadrado, ordenado, apaisado, como en una pintura de Cándido; un barrio que se prolongaba y se fundía, que se borraba, porque la arena era también parte del viento y barría con él todos los contornos, todas las distancias. Y parada así, como estaba, me hubiese gustado que el viento soplara con tanta rabia que desprendiera la casa conmigo, Pipo, papá, mamá y hermana adentro, y volara así hacia otro lado, quizás no hasta Kansas, pero lejos, muy lejos de todos esos kilómetros de costa y agua, de cielos grafito, de isla helada. Lejos hasta una chacra rodeada de álamos, con flores y frutas y parras.





Desierta

Primera gota que engorda y se desprende


rueda en el vidrio


del llanto se hace eco.


Se acerca al borde


resiste, pende, atina  


--alcanza 


a unir su forma a la llovizna.


La pena horada y la gota


ya fundida


consigue oír mi desear


y me salpica.


La piel impregna y resurge del abismo


la luz, la paz, la risa

aunque tal vez


sea solo un espejismo*.

* Este último verso se tomó del poema Ella de Oliverio Girondo.

sábado, 1 de junio de 2013

Del nombre al hombre II

Euforbo es troyano. Guerrero también aunque de menor talla, se le atribuye apenas una herida en el joven Patroclo. Carece de experiencia y es un poco inseguro; hasta que se enroló en las filas troyanas no sabía muy bien a qué dedicarse, si a guía de turismo o jardinero (en cualquiera de las dos le habría ido mejor). Su nombre, aunque comienza bien, solo crea confusión. Incluso ante Menelao, cerca del fin, disputa consigo mismo: ¡Oh, muero!... ¿o vivo? ¿Qué harán los dioses conmigo, o soy yo el que decido?

Del nombre al hombre I

Pirro es aqueo. Su verdadero nombre es Neoptólemo, joven guerrero, pero la mitología se obstina en llamarlo Pirro, haciendo de esta bella cualidad de mujer griega, un epíteto masculino: Pirro-Neoptólemo, Neoptólemo-Pirro, el que se arrebola con facilidad.
Algo se cuenta de sus hazañas en la Ilión que vio consumirse bajo las llamas, de las armas de Heracles que esgrimió en su embajada y de las vidas que precipitó al Escamandro: Eurípilo, Élaso, Astínoo y el pequeño Astianacte. Menos se dice, por supuesto, de la danza que, fiel a su nombre y para orgullo de su progenitor, inventó en pleno júbilo bélico: la danza de guerra o danza pírrica, en fin, la danza del rubio… ¡Qué pirro este Pirro!

Dos guerreros

Antes de la falange, un hoplita que fue aqueo,


danzante dorado bajo su yelmo, oyó


clamar su nombre.


Detrás de las murallas, un teucro lacedemonio


dispuso con virtud mezquina


la lanza para Patroclo.


Dos guerreros desiguales, enemigos


por el néctar, baten;


lidia divina, cifra que esconde


sus armas, sus fines, sus dotes.


Y uno fue hijo y padre combatiendo,


aguerrido, colérico, tenaz, inquieto;


otro fue carne para un hombre de otro tiempo,


disgregado, fugaz, leve, modesto.


Un mirmidón, un troyano: dos griegos,


que en aras de la gloria fueron uno


y fueron cientos.

Acaso absoluto

La siesta abdica sus tierras a la noche,
se elevan sombras que ayer eran más finas.
Durante julio las luces son esquivas
y de la plaza la ausencia se apodera.

Veo que todo a la quietud cede favores:
los pasos, los tintes, los rumores;
y leves ramas de pinos y de ceibos
funden también su cuerpo a la penumbra.

No cabe más silencio en las esquinas,
profunda y densa es la calma, ­no se altera­,
bate sus alas La Forma y se aproxima,
a los que sueñan misterios les revela.

Inquieta me alejo de la cama,
algo aparece, escucho que se mueve,
anda despacio, se esconde tras un mueble,
advierto, ­alivio consecuente,­
que es pequeño, que llora y que me teme.

Consiento tres pasos tras su sombra,
detengo la vista en sus cabellos,
sus hombros a otros se parecen,
sus manos repiten otras líneas.

Resiste mi presencia, huir intenta,
no encuentra su rincón, se paraliza,
de espaldas le descubro en la negrura:
mi otro yo abatido se derrumba.