lunes, 3 de junio de 2013

La casa 43


Nuestra casa bailaba con el viento, juro que es cierto. Se balanceaba a su ritmo, hipnotizada, aunque fuera una casa y tuviera tantas cosas adentro. Era atemorizante ver cómo se doblaba todo lo que el viento quisiera, casi llegaba al suelo y se levantaba, pero no estaba sola, las otras casas también bailaban. Todas unidas, como estaban, por las paredes de madera de los costados en las que no había ventanas, formaban un largo rosario de casas, un “Intevu”, decían los planos de urbanización de la ciudad. “Intevu 12 A” se llamaba mi manzana y “43” era el número de mi casa.

Desde adentro, parada justo en el centro del living, veía yo cómo se movían las paredes, primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda, por un ápice sin despegarse del suelo y sin poner resistencia. Los muebles, atónitos, hacían esfuerzo por no moverse mientras su espalda perdía el apoyo, y el viento, que rugía tras las ventanas, las hacía vibrar, las llenaba de arena, lograba con cada nuevo arrebato meter sus dedos unos centímetros más adentro para revolucionarlo todo.

No puede ser, dirán los incrédulos, pero con las casas de los Intevus es así: paredes leves y delgadas, era normal que el viento las sublevara. Y la delgadez era tal, que recuerdo haber labrado un agujero en una de las paredes de mi pieza, así nomás, con un dedo. Un agujero justo a la altura de mi cama, donde yo ponía la cabeza bien cerquita del rincón. Todas las noches, hablábamos con Jose, mi vecina, por el agujerito, que de tanto toqueteo, saliva y hálito, estaba cada vez más deslucido. Jose dormía también en una cucheta, pero con tres hermanas más que siempre estaban llorando, riendo y gritando. Yo tenía una sola hermana y así estaba bien, si hubiera tenido más, habríamos tenido que poner otra cama frente a la nuestra, y entonces no se hubieran visto los conejos, los árboles y las mariposas que mamá había pintado con tanto esmero, y tampoco hubiésemos podido tener el baúl de los juguetes de ese lado, ni el perchero, ni la sillita roja y la mesita que papá había traído de Punta Arenas. No, no más hermanas en esta casa, le decía a Pipo, mi perro, y lo acercaba al agujerito para que saludara a Jose.

Los días en los que el viento abría por entero sus fauces era imposible salir, como cuando nevaba. Entonces yo me paraba en la sillita roja para mirar por la ventana rectangular que daba al descanso de la escalera, justo enfrente de mi pieza. Desde ahí veía el patio trasero de mi casa, que era el patio de todos, de todas las casas: una especie de plaza interna cruzada por caminos de cemento y tierra, sin plantas, sin bancos, sin vida. Veía todo el barrio cuadrado, ordenado, apaisado, como en una pintura de Cándido; un barrio que se prolongaba y se fundía, que se borraba, porque la arena era también parte del viento y barría con él todos los contornos, todas las distancias. Y parada así, como estaba, me hubiese gustado que el viento soplara con tanta rabia que desprendiera la casa conmigo, Pipo, papá, mamá y hermana adentro, y volara así hacia otro lado, quizás no hasta Kansas, pero lejos, muy lejos de todos esos kilómetros de costa y agua, de cielos grafito, de isla helada. Lejos hasta una chacra rodeada de álamos, con flores y frutas y parras.





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